Violinista vendió las cuerdas

Violinista vendió las cuerdas
a cambio de cristales bonitos
le dijeron beberás absenta;
el grillete no hizo ruido.
Dijo que arda la madera
y vendió el sonido.
Al cerrarse las cadenas
no hicieron ruido.
Violinista dijo que así sea
y le prometieron vino;
quiso ser arte sin materia;
y lo enterraron vivo.
Violinista no recuerda
en sus dedos el ritmo
Vendió el violín; las monedas
al caer no hicieron ruido.

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No aprendiste, nunca aprendiste

No aprendiste, nunca aprendiste
lo áspero de lengua que engaña.
Has aprendido, sí, demasiada,
la aspereza de embustes difíciles.
Pero también son amargas
las verdades solitarias.
Sabes, inocente calavera,
de culpables dulzores de espesura
aunque muerda sola tortura
tu boca y tu verdad sedienta.
También en tu lengua pura,
claro, hay mentira y locura.
No eres, no puedes ser único
pero dónde puede ser, dónde…
¿Será que el aire, será que corrompe
lo duende, lo silente, lo músico?
¿Será que el éter el verbo rompe
o será el hombre que corrompe al hombre?

No devolver los golpes

No devolver los golpes,
los justos, sobrios, los súbitos,
es tener un tipo muy especial
de cobardía, brillante o dolorosa
porque es ganarse rabias
necesarias y vulgares
como el suelo o el orgullo.
Ahórrame el bruxismo
descendiente de adrenalinas
para alguien más impresionable
y golpea con todas tus fuerzas,
temiendo mis ojos hinchados
hinchados y abiertos a salvo
dónde no llegan tus manos.
Tercera ley de Newton, golpea,
bienaventurados los mansos, golpea,
yo te absuelvo, hijo mío, golpea,
golpea. Mis huesos son
de hueso, y tal vez mi valor,
con sus esquirlas, sus médulas,
sus fracturas y su sangre.

Podemos seguir sacrificando

Podemos seguir sacrificando
nuestros dioses de carne en altares
de dioses prometidos y de mármol
o podemos matar a nuestros padres.
Podemos quemar hijos y vestales
olvidados después del árbol
pero dos mil años de silencio saben
qué tan solos estamos tras los astros.
Dioses minúsculos de orfanato,
somos anarquistas celestiales:
que los dioses miren hacia abajo
o que empiece rebelde el baile.

Enséñame a bailar sin música

Enséñame a bailar sin música
aunque las bombillas nos desorienten,
hasta que los terremotos arranquen el suelo.
Acabemos con la espalda llena de hojarasca
sin pedir perdón ni permiso.
Escondámonos en una infancia
donde no nos encuentre la gravedad
o mordamos cada fruto y salgamos corriendo.
No dejemos dónde volver, salta.
Entremos a bosques oscuros plagados de lobos
que no crean en finales felices,
hagamos, mientras, el amor, o corramos.
No seamos, nunca, solamente un verbo
sino un estasis de cien olas
todas ellas fugaces; cacémoslas.
No te arrepientas nunca de mí.
Cuando esté vacío el espacio de luces y todo,
nos encontrará desnudos, anudados,
ni las mejores estatuas de sal ni cadáveres
pero quietos, infinitamente al lado
practicando el rito de la mirada penetrante
y prometiendo tantos abrazos como fuego hay.
Sé, como si te fuera la vida en ello,
quizá sea así; descubrámoslo.
Y cuando se mueran las propuestas
que guardamos en la punta de la lengua
démosle la vuelta al universo
e invoquemos nuevos, infinitos, eternos principios
o eclosionemos en novas enamoradas
o zarpemos o juguemos a la vida
o dejémonos jugar y hagamos trampa.